El llanto es un rasgo emocional típicamente humano que es
activado por la amígdala y por una estructura próxima a ella, el gyrus cingulatus. Cuando uno se siente triste, frustrado o disgustado, estas áreas activan el llanto y cuando uno se siente apoyado, consolado y confortado, esas mismas regiones cerebrales se ocupan de mitigar los sollozos. Pero sin amígdala, ni siquiera es posible el desahogo que proporcionan las lágrimas porque la
amígdala también es la encargada de activar la secreción de dosis
masivas de noradrenalina, la neurohormona que aumenta la reactividad de ciertas regiones cerebrales clave, entre las que destacan aquéllas que estimulan los sentidos y ponen el cerebro en estado de alerta.
Pero la descarga de noradrenalina también está presente en el llanto o en el infarto. Y está íntimamente relacionada con la ira porque aumenta la tensión sanguínea y prepara al
organismo para la lucha.
Por tanto, diríamos que llanto y cólera tienen un origen bioquímico común, siendo manifestaciones radicalmente distintas.
“Otras señales adicionales procedentes de la amígdala -precisa Goleman- también se encargan de que el tallo encefálico inmovilice el rostro en una expresión de miedo, paralizando al

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